HOMENAJE A  SU SANTIDAD CARDENAL GIUSEPPE SIRI
NACIÓ EN GENOVA EL 20.5.1906 Y FALLECIÓ EN LA MISMA EL 25.5.1989

AL QUE LE USURPARON LA SILLA DE PEDRO

CARDENAL GIUSEPPE SIRI -
PINTADO POR GIUSEPPE FRASCAROLI
 

           ADVERTENCIA POR EL CARDENAL Giuseppe  SIRI

Instrucción del 12  junio de 1960 sobre la vestimenta masculina           usada por las mujeres

Traducido del texto italiano de la Revista Diocesana Anno XLIX, n° 6, Giugno 1960, p. 138 y ss.Archivos del arzobispado de Génova

 

                                  Presentación

El Cardenal José Siri publicó, con fecha 12 de junio de 1960, en la revista de la arquidiócesis de Génova, una Advertencia. En ella, el arzobispo trata la cuestión de la vestimenta femenina y más específicamente del uso de los pantalones.

     La reedición y la traducción de ese texto nos parecen pertinentes, porque, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo muy actual. Y esto por una doble razón: por un lado, expone motivos que no dependen de las circunstancias, sino de nuestra naturaleza humana y de nuestra vocación divina; y por otro lado, le flagelo denunciado, entonces naciente, no desapareció … por el contrario, se esparció por todas partes y ante nuestros ojos impotentes, se producen las catástrofes anunciadas; por lo tanto, si se quiere poner coto a la desmoralización de las costumbres cristianas, es urgente suprimir sus causas y, en particular, retomar el camino de la decencia en el vestido.

     El lector atento se dará cuenta enseguida de que el Cardenal Siri omite toda referencia, toda indicación para apoyar sus enseñanzas. Ello no debe extrañarnos, porque el cardenal, siendo arzobispo de Génova y doctor en su diócesis, enseñaba con autoridad y podía, pues, dispensarse de mencionar las fuentes en las que se inspiraba. Además, es probable que redactara el texto rápidamente, queriendo reaccionar sin demora ante un uso que juzgaba dañino y que quería cortar en su nacimiento. No obstante, no hay duda de que esta advertencia se inscribe en la línea de la revelación divina:

   “Que la mujer no use vestimenta masculina, ni el hombre vestimenta de mujer: porque quien así actúa es abominable ante Dios” (Deum. XXII, 5).

   Nuestra conclusión final procurará manifestar la concordancia de la tradición católica en materia de modestia cristiana.

   El Cardenal Siri, en conformidad con la Carta imperativa De inhonesto vestiendi more que el Papa Pío XII ordenó a la Sagrada Congregación de Ritos enviar a todos los Ordinarios el 15 de agosto de 1954, cumplía con su grave deber pastoral. Con esta misma seriedad debemos recibir el fruto de su celo por la salvación de las almas y la santidad de las costumbres cristianas.

                                       UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS

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ADVERTENCIA SOBRE LA VESTIMENTA MASCULINA USADA POR LAS MUJERES

 

 A Nuestro clero

 A todas las hermanas educadoras

 A Nuestros queridos hijos de la Acción Católica

 A los educadores que quieren inspirarse realmente en la doctrina cristiana

 A nuestros fieles

              Las primicias de una primavera ya tardía, nos advierten este año sobre un cierto incremento en el uso de la ropa masculina por parte de las jóvenes y mujeres, incluso madres de familia. Hasta 1959, en Génova, tal costumbre revelaba generalmente la calidad de una turista; pero se tiene la impresión de que un cierto número no despreciable de jóvenes y señoras genovesas han optado, al menos para los días de descanso, por la vestimenta masculina (pantalones).

 

            La generalización de esta práctica obliga a reflexionar seriamente y Nos pedimos a aquellos a quienes se dirige la presente Notificación, que presten a los argumentos en ella vertidos, la atención propia de quien es consciente de su responsabilidad ante Dios.

 

II.                 Ante todo, buscamos dar un equilibrado juicio moral sobre el uso de la vestimenta masculina por parte de la mujer. De hecho, Nuestras consideraciones versan sobre el aspecto moral de la cuestión.

        El uso del pantalón masculino por parte de la mujer no puede decirse –hoy en día, dado el corte de los vestidos femeninos– que constituya DE SUYO UN GRAVE ATENTADO A LA MODESTIA. En cuanto a cubrir, los pantalones cubren ciertamente más que las modernas polleras femeninas.

      Pero no se trata sólo de cubrir, sino también del porte.  Bajo este punto de vista, no sería exacto decir que los pantalones no muestran más la forma que las polleras. En general, aquéllos son más ajustados y este aspecto es un motivo de preocupación, tal vez no menor que la misma exhibición del cuerpo. Se trata de un lado que no debe descuidarse en un juicio completo, aunque tampoco deba ser exagerado.

   II. Sin embargo, Nos parece que hay un aspecto más grave del uso de los pantalones por parte de las mujeres.

          La vestimenta masculina usada por las mujeres:

 

a)     altera la psicología propia de la mujer;

b)     tiende a viciar las relaciones entre la mujer y el hombre;

c)     lesiona fácilmente la divinidad materna ante los hijos.

    Estos puntos serán examinados en profundidad a continuación.

       a)Altera la psicología de la mujer

    De hecho, el motivo que empuja a la mujer a usar pantalones es siempre el de la imitación, así como la competencia con relación a lo que es considerado más fuerte, más desenvuelto y más independiente. Este motivo manifiesta claramente que la vestimenta masculina es la ayuda sensible para actualizar un hábito mental para “ser como un hombre”. En segundo lugar, desde que el mundo es mundo, la ropa exige, impone y condiciona gestos, actitudes y conductas y desde lo externo llega a imponer una determinada impostación psicológica.

       No se excluya pues, que la vestimenta masculina usada por la mujer esconda más o menos, una reacción contra su femineidad a la que juzga como una inferioridad, y que es sólo diversidad. La iniquidad de la trama psicológica se torna evidente. 

     Estas razones, que condensan otras, son suficientes para advertir sobre la deformación de la mentalidad femenina hacia la cual lleva el uso de ropa masculina.

     b)Tiende a viciar las relaciones entre el hombre y la mujer

       En efecto, las relaciones entre el hombre y la mujer, cuando el desarrollo de la edad alcanza la madurez adecuada, están caracterizadas por un instinto de mutua atracción. Base esencial de la atracción es la diversidad, que es la que posibilita la mutua complementariedad. Si esta “diversidad” es menos evidente por la anulación de uno de sus elementos externos reveladores, viéndose así afectada el clima psicológica, se produce la alteración de un dato fundamental de la relación. 

     Pero no es sólo esto: a la atracción la precede, natural y cronológicamente, el pudor, que frena, impone respeto, tiende a elevar a un plano de estima y de saludable temor, mientras que el instinto impulsaría a actos menos controlados. El cambio de vestimenta, que con su diversidad se tornaba reveladora e incentivo del límite así como de la defensa, al aplanar las distinciones, tiende a hacer caer la misma defensa del pudor.

 

Por lo menos la disminuye. Sin el freno del pudor, las relaciones entre el hombre y la mujer se ven arrastradas hacia la mera sensualidad, trasponiendo el respeto y la estima.

    La experiencia dice que cuando la mujer se asimila al hombre, las defensas se atenúan y la debilidad aumenta.

       c)La ropa masculina es lesiva de la dignidad materna frente a los hijos

      Todos los hijos tienen instintivamente el sentido de la dignidad y del decoro de la madre. El análisis de la crisis interna inicial que atraviesa el niño al abrirse a la vida y aún antes de entrar en la adolescencia, revela cuánto el sentido de la madre. Los niños son delicadísimos sobre este punto. Los adultos, en general, olvidaron todo esto y perdieron el gusto por ello. Sería bueno repensar las austeras exigencias instintivas que tienen los niños con relación a su propia madre y las reacciones profundas y finalmente, terribles, a las cuales dan lugar las constataciones poco satisfactorias sobre el comportamiento de la madre. Muchas líneas del “después” quedan trazadas –y de forma nefasta– en estas primeras vivencias de la infancia y la puericia.

    El niño no conoce la definición de la exhibición, de la ligereza y de la infidelidad, pero posee un sexto sentido instintivo para intuir todas estas cosas, sufrirlas y que dejan rastros amargos en su alma.

     III. Piénsese bien en lo que significa cuanto quedó expuesto, aun cuando la exhibición de la mujer en ropas masculinas pueda no suscitar en el momento todas las turbulentas reacciones de la inmodestia grave.

     La alteración de la psicología femenina causa un daño fundamental y a largo plazo, irreparable, a la familia, la fidelidad conyugal, la esfera afectiva y la convivencia humana.

    Los efectos del uso de un vestido inoportuno no se ven todos en plazo breve, es cierto.

    Pero es necesario pensar en lo que lenta y solapadamente, se debilita, se amengua, se corrompe.

   ¿Es posible pensar en una satisfactoria reciprocidad en el ámbito conyugal, si se altera la psicología femenina?

  ¿Es posible pensar en una educación de los hijos, delicadísima en sus procedimientos, tejida de imponderables en los que la intuición de la madre y su instinto juegan un papel fundamental en los años más tiernos? ¿Qué podrán dar estas mujeres, cuando hayan incorporado el pantalón lo bastante como para sentirse en competencia con el marido y no en función de sí mismas?

   Porque desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde los primordios de la civilización, todos los hombres tendieron siempre a adoptar vestimentas diferenciadas de acuerdo a las diferentes funciones ejercidas. ¿No es acaso éste el testimonio severo de un consenso del género humano y de su intuición de una verdad y una ley superiores a sí mismo?

En conclusión, el uso de los pantalones por las mujeres, a la larga, constituye una fuerza disolvente del orden humano.

     IV. La consecuencia lógica de cuanto fue expuesto es la de suscitar en todos los responsables un verdadero estado de alarma, severo y decidido.

    Nos dirigimos, pues, esta grave admonición a todos los párrocos, a todos los sacerdotes y sobre todo a los confesores, a los asistentes de asociaciones religiosas, a todos los religiosos, religiosas y especialmente a aquellos que son educadores.

    Los invitamos a tomar clara conciencia sobre este tema, y ser consecuentes al respecto. Esta conciencia es lo que importa y la que sugerirá la actitud a tomar en el momento oportuno. Pero que no nos sometamos a la corriente como ante un hecho ineluctable, como ante una evolución fisiológica de los hombres, etc.

     El hombre podrá ir y venir, porque Dios le ha dejado un gran “margen de oscilación”; pero las líneas sustanciales de la naturaleza y las líneas no menos sustanciales de la ley eterna jamás han cambiado, no cambian y no cambiarán. Existen límites que se pueden franquear cuanto se quiera, pero cuya trasgresión acarrea la muerte; hay límites que los espíritus llenos de vacías insuflaciones filosóficas pueden menospreciar y escarnecer, sin tomarlos en serio, pero sus violadores se estrellarán contra la conjunción de los hechos y de la naturaleza. Y la historia nos enseña con creces, con terrible evidencia en la vida de los pueblos, que la trasgresión de las líneas maestras “humanas” acarrea siempre, antes o después, catástrofes.

    Desde Hegel y su dialéctica, nos han machacado que todo esto no constituye más que puras fábulas, y a fuerza de escucharlo, muchos han terminado por aceptarlo, aunque sólo sea pasivamente. Pero la verdad es que la naturaleza y la verdad y con ellas, la Ley natural, continúan impertérritas en su existencia y truncan los sueños/ arrollan a de los ingenuos que creen, sin pruebas, en grandes y radicales mutaciones de la propia naturaleza humana.

      Las consecuencia de esta violación de la naturaleza no es una nueva “línea de equilibrio”, sino los desórdenes, la inestabilidad dolorosa, la espantosa aridez horrenda de las almas, el aumento pasmoso de los deshechos de la humanidad, excluidos prematuramente de la convivencia social, esperando el ocaso inmersos en el tedio, la tristeza y el desprecio. Bajo las ruinas de las normas eternas se alinean las familias destruidas, las vidas aniquiladas, los hogares extinguidos, los ancianos rechazados, los hijos degenerados y – finalmente – la desesperación y los suicidios. Todo esto confirma que la “línea de Dios” resiste y no admite adaptaciones a los delirios de los soñadores mal llamados filósofos.

        V. Hemos dicho que aquellos a quienes se dirige la presente notificación están invitados a tomar conciencia con alarma frente al problema en objeto.

            Por lo tanto, son éstos quienes deben alertar, comenzando por las niñas desde el jardín maternal.

            Son ellos quienes deberán limitar su tolerancia, de modo habitual, sin caer sin embargo, en exageraciones o fanatismos.

            Jamás deberán tener la debilidad de dejar creer que condescienden con el uso de una vestimenta degradante y que compromete toda la moralidad de las instituciones.

            Los sacerdotes saben que su línea de conducta en el confesionario, sin llegar a considerar que de por sí el uso de los pantalones constituye una falta grave, debe ser restricta y perentoria.

            Todos deberán reflexionar en la necesidad de una línea de conducta única, reforzada por todos los modos con la cooperación de todas las buenas voluntades y de todas las mentes esclarecidas, para la creación de un verdadero dique de resistencia.

        Los que tienen cura de almas, al título que fuere, comprenden cuán útil es conseguir en esta defensa aliados en el terreno del arte, de la prensa, de la confección. La orientación de las casas de moda, de sus inspiradores influyentes, de la industria del vestido, tiene en todo esto una importancia determinante. La conjunción del sentido del arte, del refinamiento y del buen gusto puede encontrar una solución conveniente, pero a la vez digna, para la vestimenta de la mujer que debe trasladarse en moto o dedicarse a  determinados trabajos. Lo importante es salvar, junto con la modestia, el sentido inmortal de la femineidad, en particular aquélla que permita a todos los hijos seguir reconociendo el rostro de la madre.   

     No negamos que la vida moderna plantea problemas y exigencias distintas a las que tuvieron que enfrentar nuestros abuelos. Pero afirmamos que hay valores que deben ser salvados, asaz más importantes que las contingencias de la experiencia y que no por nada existen la inteligencia, el sentido común y el buen gusto para resolver de modo aceptable y digno los problemas que van surgiendo.

       Es por un deber de caridad que combatimos el achatamiento del género humano, perpetrado atentando contra las diferencias sobre las cuales se basa la complementariedad de las funciones.

    Cuando se ve una mujer en pantalones, no es en ella en quien debemos pensar, sino en toda la humanidad, y en lo que se tornará cuando las mujeres se hayan masculinizado completamente. Nadie tiene interés en promover para el futuro una era en que imperen lo indefinido, lo equívoco, lo incompleto y – en definitiva – lo monstruoso.

               

            Esta Carta no está dirigida al público, sino a los que tienen a su cargo las almas, la educación, la vida asociativa católica. Cumplan con su deber y no sean vigías adormecidos ante la infiltración del mal.

 

Génova, 12 de junio de 1960

                             Giuseppe, Card. Siri -Arzobispo de Génova.




                                                                         Contrapunto

         A propósito de un punto importante pero restringido –el uso de pantalones por las mujeres– el Cardenal Siri nos introduce en un problema de orden más general, la modestia cristiana; debemos estarle agradecidos por haber dado esta amplitud de visión a su Advertencia. En efecto, no se contenta con señalar que el uso de los pantalones es una ofensa a Dios, quien exige una vestimenta adecuada; también demuestra que constituye una grave desviación.

        La mentalidad moderna, expresada y sustentada en la ropa masculina, tiende a hacer desertar a la mujer del gran e irreemplazable papel que Dios le confió: educar el corazón de los hijos, establecer la santidad de las costumbres cristianas y conservar a toda la familia en la virtud de la pureza – substrato necesario de todas las otras virtudes cristianas y de la salvación eterna. Mientras que los niños y los adultos se pierden porque reciben escorpiones en vez del pan que sólo una madre irreprochable puede darles, la mujer liberada queda reducida a usurpar el papel correspondiente a los hombres, en el que sólo encuentra un estúpido orgullo y una profunda inadaptación. La modestia pide que cada uno permanezca en su lugar y allí cumpla santamente la vocación propia recibida de Dios nuestro Creador, nuestro Redentor y nuestro último fin.

        La modestia, considerada en toda su amplitud, es una pieza vital de la vida cristiana. Está incluida entre los doce frutos del Espíritu Santo enumerados por San Pablo:

       “El fruto del Espíritu Santo es la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la dulzura, la fe, la modestia, la continencia, la castidad” (Gal. V, 22).

       La modestia se relaciona con la virtud de la templanza, de la cual es una disposición y una prolongación; su papel propio es el de regular ciertas pasiones sensibles y moderar sus manifestaciones exteriores. El oficio de la modestia es pues irreemplazable; consiste en quedarse en la periferia de la virtud de la templanza para acabar su obra y edificar a su alrededor una muralla necesaria para la salvaguardia de la misma templanza y de otras numerosas virtudes.

       El lenguaje habitual retuvo tres aspectos de la modestia:

            – un aspecto relativo a la virtud de la CASTIDAD – modestia en el porte y en el vestido, la mirada y el lenguaje;

            – un aspecto relativo a la virtud de la HUMILDAD – modestia en las palabras (en su objeto, en el tono del discurso, en la facilidad para tomar la palabra y hablar de sí mismo) y de las actitudes, modestia en las ambiciones humanas y en los proyectos terrestres;

      – un aspecto relativo a la virtud de la POBREZAmodestia del tren de vida, en el disfrute de los bienes materiales y en el aspecto exterior.

   En estos tres aspectos, encontramos fácilmente las virtudes que se oponen directamente a las tres concupiscencias de las que habla San Juan, esas tres heridas por las que la corrupción amenaza, sin tregua, penetrar en el alma e instalarse allí: “Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida” (I Juan, 2, 16).

        La modestia es, pues, una muralla, la muralla necesaria contra el mal en el que está sumergido el mundo, como dice también San Juan: Mundus totus in maligno positus est (Ibid. 5, 19). Sin la modestia, no puede haber ni virtud sólida, ni vida cristiana estable: suprímanla, y nuestras tres concupiscencias se convierten inmediatamente en llagas sin protección, a través de las cuales el alma es tan vulnerable que caerá casi necesariamente.

 

            Fue esta triple muralla la que opuso Nuestro Señor al demonio que lo tentaba en el desierto después de su ayuno de cuarenta días, mostrándonos así que la modestia vence todas las tentaciones, preserva de todo peligro y nos torna invencibles1.

       Es más que evidente que esta modestia se perdió, incluso entre quienes hacen profesión de seguir a Jesucristo y de defender la fe y la tradición católicas: basta con escuchar a nuestros cristianos de hablar tan poco pulido, tan fáciles para la broma dudosa, tan prontos para la jactancia; basta verlos dejar que sus ojos se arrastren por todos lados o tan fácilmente desliñados; basta ver a nuestras cristianas con las rodillas al aire o en pantalones, con la cabeza descubierta en la iglesia o pintarrajeadas como indígenas preparados para la batalla. Es muy triste constatar tan poca atención a la presencia del Espíritu Santo en su alma y en la del prójimo, y constatar también el olvido de nuestra vocación de vivir en la intimidad de Dios tres veces santo e infinitamente puro.

    En esta derrota de la modestia, las responsabilidades son graves y múltiples. Los predicadores y confesores dejaron de recordar y exigir los requerimientos del Evangelio; los padres dejaron de enseñar; los jefes de familia, de gobernar su hogar. Las almas se convirtieron a Jesucristo, la cristiandad se esparció gracias al coraje y la caridad ardiente de los Padres Misioneros; a la inversa, la cristiandad se hunde, las almas abandonan a Jesucristo a causa de la cobardía y la tibieza lamentable de los padres dimisionarios (a veces muy exigentes con sus futilidades o manías), que ya no quieren o no se atreven a hacer reinar en sus familias la modestia cristiana, protección indispensable para que Jesucristo sea honrado en todo y por todos.

    Señor censor, ¡ya  no estamos en 1960! ... Es cierto; pero esta constatación banal no quita nada a las razones expuestas por el Cardenal Siri. La generalización del uso de los pantalones y el imperio de la inmodestia no hicieron que las exigencias de la vida cristiana se convirtieran en algo caduco. Al contrario, esto hizo entrar en liza un elemento nuevo, más glorioso o más grave: vestirse modestamente no es ya sólo una protección de la virtud, se convirtió en un verdadero testimonio de adhesión a Jesucristo.

      Muchas de las mujeres y jóvenes que adoptan (completamente o a medias) las modas indumentarias contemporáneas tranquilizan su conciencia diciéndose que no lo hacen por sensualidad ni para asimilarse a los hombres, y que esto no les impide ocupar dignamente su puesto en la familia. Se olvidan de que no pueden conocer ni dominar la turbación de sus hijos y de su prójimo, pero pasemos de largo … Actúan así para fundirse en la multitud, para no ser señaladas con el dedo ni objeto de burlas; lo hacen para escapar de un testimonio que les cuesta, lo hacen por vergüenza de la virtud que profesan: “¡No quiero vestirme como una monja!”, oímos decir a veces a estas personas divididas, sin coraje para enfrentar la mirada de su prójimo. Y sin embargo, ¡si supieran cómo las respetarían y honrarían aquéllos cuyo juicio temen, si se vistieran con modestia! Sobre todo, podrían repetir con una dulce alegría que están excluidas de la desaprobación de Jesucristo:

            “Porque aquél que se avergüence de Mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de Su Padre acompañado de los santos ángeles” (Mc. 8, 38).

 

            Si la desaparición de la modestia anuncia la muerte de las costumbres cristianas –como nos lo recuerda vigorosamente el Cardenal Siri– en cambio, el culto de la modestia trae aparejado una cantidad incalculable de bienes. Así lo atestigua San Bernardo:

      “La modestia es la perla de las costumbres, la vara de la disciplina, la hermana de la continencia, la lámpara del alma casta; hace desaparecer el mal, propaga la pureza; es la gloria especial de la conciencia, la guardiana de la reputación, el honor de la vida, la sede de la fuerza, las primicias de la virtud, lo más loable de la naturaleza, y el ornamento de todo lo que es honesto” (S. LXXXVI, in Canticum Canticorum).

      El Padre Emmanuel du Mesnil-Saint-Loup, vuelto a Dios exactamente un siglo atrás, probó a través de la conversión admirable, profunda y duradera de su parroquia, la verdad y la eficacia de la enseñanza contenida en las páginas que acabamos de leer. Dejémosle la última palabra:

       Existe una relación entre el lujo y la lujuria. Donde entra la vanidad, la piedad se va. La crisis de la vanidad en una mujer es decisiva; si la supera exitosamente, significa su salvación. Los hombres no podrían, en general, ser castos, si las mujeres en general no son modestas. Es una necesidad poder distinguir a las cristianas de las mundanas y ¿cómo distinguirlas si no es por su modestia? La modestia es una de las marcas de la presencia del Espíritu Santo en un alma. La renuncia a la vanidad y a las vanidades hace parte integrante de las promesas del bautismo”.

 

En la fiesta de Santa Bernardi - 16 de abril de 2003

                                                                                                   André Siasom



1 No se debe olvidar una cuarta función de la modestia, función que los antiguos enseñaban (Santo Tomás se refiere a Cicerón en la materia), función relativa a la virtud de estudiosidad. El objeto de esta virtud es regular el apetito de conocimiento del hombre,  regular el estudio para moderarlo o estimularlo, y sobre todo, para aplicarlo correctamente. La curiosidad hace que nos interesemos en mil cosas inútiles (cuando no son malas o no ponen en nuestro corazón una ambición irrazonable) y al mismo tiempo, dejemos de lado el estudio del saber relativo a nuestro deber de estado –ya sea del deber de estado de bautizado y confirmado, de padre o de madre, de esposo o esposa, de sacerdote o consagrado a Dios, o bien del deber de estado profesional. En este sentido, la modestia es muy desconocida, porque somos una mezcla extraña de profunda pereza intelectual y de curiosidad insaciable.

NB: Lo resaltado es del autor.

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MI COMENTARIO:

  Voy a agregar mi experiencia con respecto al uso del pantalón por la mujer.

Estas indicaciones del Cardenal Siri se emitieron en Italia en 1960. En Argentina las mujeres aún conservábamos las polleras; en ciertas ocasiones usábamos el pantalón, como ser días muy fríos, una salida al campo; montar a caballo, como un atuendo especial para alguna fiesta, pero nunca con la retorcida intención  de convertirnos en mitad mujer,miad hombre;  no tenían bragueta; sólo un cierre al costado o en la espalda; nada ajustados, al contrario más bien sueltos, amplios.

En los comienzos del 70 empezó la campaña sionista del ¡SEXO ÚNICO!  Es decir que era el primer peldaño a la Campaña de  la Teoría del Género. Las más avispadas exclamamos ¡¿cómo esto?,! SEXOS SON DOS; NI UNO NI TRES!. Así fueron introduciendo, sexo único en las peluquerías, y piano piano imponiendo el “dar vuelta todo” y las mujeres cayeron, como Hensel y Gretel en la bolsa de los brujos: les hicieron creer que  tenían que demostrar que eran igual o mejor que los hombres e impusieronles el pantalón para afirmar esa igualdad; ¿y la superioridad? Es decir la mujer virilizada; el hombre afeminado.

Repito lo afirmado por el Cardenal Siri en la primera parte de esta advenrtenccia:

¿Es posible pensar en una educación de los hijos, delicadísima en sus procedimientos, tejida de imponderables en los que la intuición de la madre y su instinto juegan un papel fundamental en los años más tiernos? ¿Qué podrán dar estas mujeres, cuando hayan incorporado el pantalón lo bastante como para sentirse en competencia con el marido y no en función de sí mismas?"

“Que la mujer no use vestimenta masculina, ni el hombre vestimenta de mujer: porque quien así actúa es abominable ante Dios” (Deum. XXII, 5).

Esta enseñanza la recibimos en nuestras clases de Religión; guiados por nuestros padres y en un consenso social. Los verdaderos católicos, fieles a la Iglesia que fundó Nuestro Señor mantenemos la costumbre de la pollera, obedecemos los principios que nos han enseñado desde niños. Estamos conformes y a gusto sin cambiar en la vejez.

En estos tiempos crucilales  debemos considerar que la pollera es NUESTRA PROFESIÓN Y CONFESIÓN DE FE.  ES NUESTRO HÁBITO .   

 ES INADMISIBLE ESTAR BIEN CON DIOS Y CON EL DIABLO. 

 LO MISMO en LO QUE SE REFIERE A: LA MUJER: DEBE CUBRIR SU CABEZA EN LA IGLESIA, sea durante la misa, bautismo, casamiento, aún visitándola para rezar; en toda procesión, o como turista: EL HOMBRE por el contrario debe asistir a todos los eventos con la cabeza descubierta; el traje normal con corbata o sin esta pero respetuosamente vestido.

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Breve biografía de Giuseppe Siri

Giuseppe Siri (Génova20 de mayo de 1906 – Génova2 de mayo de 1989) fue un cardenal y teólogo italianoarzobispo de Génova por más de cuarenta años que se destacó por su firme carácter conservador.

Primeros años y formación

De origen humilde, Giuseppe Siri nació en Génova, hijo de Nicolò Siri y Giulia Bellavista. Giuseppe entró al Seminario Menor de Génova el 16 de octubre de 1916, y estuvo en el seminario mayor desde 1917 a 1926.

Al salir del seminario, estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma, graduándose en 1929 con un Doctorado en Teología, que recibió la calificación summa cum laude.34

Sacerdocio

Fue ordenado sacerdote por el arzobispo Carlo Minoretti el 22 de septiembre de 1928.15

De regreso en Génova fue capellán hasta 1930, cuando comenzó a dictar clases de Teología Dogmática en el Seminario Mayor de Génova, también enseñó Teología Fundamental durante un año. Además de sus deberes académicos, Siri era predicador, conferencista, y profesor de religión en el "Liceo Andrea Doria y Giuseppe Mazzini" desde 1931 hasta 1936. En 1937 fue rector del "Colegio Teológico de Santo Tomás de Aquino".

Cardenalato

Fue elevado a Cardenal presbítero de Santa María de la Victoria por el papa Pío XII en el consistorio del 12 d enero de 1953.​ En el momento de su proclamación, era el miembro más joven del Colegio Cardenalicio y se hizo conocido como el "Cardenal Minestrone" por su labor de voluntariado en comedores populares.​

Con la convocatoria al Concilio Vaticano II, Siri fue desde 1960 miembro de la Comisión Preparatoria Central, y fue también parte de la subcomisión de enmiendas en 1961

Cónclave de 1963

La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso para el catolicismo una difícil coyuntura. La muerte del papa Juan XXIII el 3 de junio de 1963 hizo que el cónclave de ese año estuviera marcado por la preocupación general por la continuidad de las sesiones del concilio, aún en curso. Los cardenales pro-conciliares querían a un sucesor que continuara con la tarea reformista, mientras que los prelados anti-conciliares querían un pontífice que concluyera rápidamente el concilio​

Ante este contexto de rivalidad entre conservadores y progresistas, Giovanni Montini era un firme candidato de los progresistas, convencidos de que continuaría con la obra del difunto Juan XXIII..​ Por los conservadores, Siri prefirió mantenerse al margen, por lo que el candidato de los tradicionalistas fue el cardenal Ildebrando Antoniutti. Se comentó en algunos medios que Siri apoyaba la idea de finalizar el concilio pero los obispos querían continuar con la tarea reformista. El cardenal elegido, luego de tres días de votaciones, fue Montini, que decidió llamarse Pablo VI.

Fallecimiento

.Con la llegada de monseñor Giovanni Canestri para sucederlo como arzobispo de Génova-Bobbio se retiró a la Villa Campostano, ya que su benefactora la condesa Carmela Campostano en su testamento, había ofrecido hospitalidad al arzobispo.
Tumba de Siri en la Catedral de Génova.

En abril de 1989 cayó enfermo aquejado de molestias en el corazón y problemas circulatorios. El 2 de mayo de ese mismo año, a los 82 años de edad, murió en su retiro de Villa Campostano. El solemne funeral tuvo lugar el 5 de mayo en la catedral de San Lorenzo, donde están sepultados sus restos.

(Wikipedia)


 La Tesis Siri y la controversial perspectiva  Sedeimpedista

La Tesis Siri y la controversial perspectiva sedeimpedista es un ensayo breve del escritor e historiador José Antonio Bielsa Arbiol, publicado en abril de 2020 por Adáraga (como Número 1 de su revista en papel), que expone las claves de la denominada "Tesis Siri".

El opúsculo cuenta con la colaboración del periodista Enrique de Diego y del jurista Ramiro Grau Morancho[1], siendo el primer estudio publicado en lengua española que aborda monográficamente esta cuestión. "9 de octubre de 1958: el Papa Pío XII muere inesperadamente. Urge elegir un sucesor. El Cónclave es puesto en marcha. La tarde del 26 de octubre de 1958, y desde las 17:55 horas, la chimenea de la Capilla Sixtina comienza a emanar la inconfundible fumata blanca: un Papa ha sido electo. Pero el nuevo Papa no se asomará al balcón, y a las 18:00 horas el humo mudará misteriosamente a negro. Es en estos cinco minutos cruciales cuando se va a perpetrar el mayor golpe de timón de la historia de la Iglesia moderna. Dos días después, el humo blanco vuelve a salir de nuevo por la chimenea de la Capilla Sixtina, y Angelo Giuseppe Roncalli aparece ante los ojos del mundo para convertirse en el Papa Juan XXIII. Lo que la historia oficial ha intentado omitir hasta hoy es que uno de los papables, Giuseppe Siri, a la sazón arzobispo de Génova y favorito del difunto Pío XII, habría sido electo Papa aquella extraña tarde de octubre con el nombre de Gregorio XVII. (Metapedia)

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TESTIMONIO DE NUESTO DIARIO LA NACIÓN, Buenos Aires, SOBRE EL DESARROLLO DEL CÓNCLAVE DE OCTUBRE DE 1958, PARA ELEGIR SUCESOR DE S.S. PÍO XII

    










FIN

































   







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