ADVERTENCIA POR EL CARDENAL Giuseppe SIRI
Instrucción del 12 junio de 1960
sobre la vestimenta masculina usada por las mujeres
Traducido del texto italiano de la Revista Diocesana Anno XLIX, n° 6, Giugno 1960, p. 138 y ss.Archivos del arzobispado de Génova
Presentación
El Cardenal
José Siri publicó, con fecha 12 de junio de 1960, en la revista de la
arquidiócesis de Génova, una Advertencia.
En ella, el arzobispo trata la cuestión de la vestimenta femenina y más
específicamente del uso de los pantalones.
La reedición y la traducción de ese texto
nos parecen pertinentes, porque, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo
muy actual. Y esto por una doble razón: por un lado, expone motivos que no dependen de las circunstancias, sino de nuestra naturaleza
humana y de nuestra vocación divina; y por otro lado, le flagelo denunciado, entonces
naciente, no desapareció … por el contrario, se esparció por todas partes y
ante nuestros ojos impotentes, se producen las catástrofes anunciadas; por lo
tanto, si se quiere poner coto a la desmoralización de las costumbres
cristianas, es urgente suprimir sus causas y, en particular, retomar el camino
de la decencia en el vestido.
El lector atento se dará cuenta enseguida
de que el Cardenal Siri omite toda referencia, toda indicación para apoyar sus
enseñanzas. Ello no debe extrañarnos, porque el cardenal, siendo arzobispo de
Génova y doctor en su diócesis, enseñaba con autoridad y podía, pues,
dispensarse de mencionar las fuentes en las que se inspiraba. Además, es probable
que redactara el texto rápidamente, queriendo reaccionar sin demora ante un uso
que juzgaba dañino y que quería cortar en su nacimiento. No obstante, no hay
duda de que esta advertencia se inscribe en la línea de la revelación divina:
“Que la mujer no use vestimenta masculina, ni el hombre vestimenta de
mujer: porque quien así actúa es abominable ante Dios” (Deum. XXII, 5).
Nuestra conclusión
final procurará manifestar la concordancia de la tradición católica en materia
de modestia cristiana.
El Cardenal Siri, en conformidad con la
Carta imperativa De inhonesto vestiendi
more que el Papa Pío XII ordenó a la Sagrada Congregación de Ritos enviar a
todos los Ordinarios el 15 de agosto de 1954, cumplía con su grave deber
pastoral. Con esta misma seriedad debemos recibir el fruto de su celo por la
salvación de las almas y la santidad de las costumbres cristianas.
UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS
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ADVERTENCIA SOBRE LA VESTIMENTA MASCULINA USADA POR LAS MUJERES
A Nuestro clero
A todas las hermanas educadoras
A Nuestros queridos hijos de la
Acción Católica
A los educadores que quieren
inspirarse realmente en la doctrina cristiana
A nuestros fieles
Las primicias de una primavera ya tardía, nos advierten este año sobre
un cierto incremento en el uso de la ropa masculina por parte de las jóvenes y
mujeres, incluso madres de familia. Hasta 1959, en Génova, tal costumbre
revelaba generalmente la calidad de una turista; pero se tiene la impresión de
que un cierto número no despreciable de jóvenes y señoras genovesas han optado,
al menos para los días de descanso, por la vestimenta masculina (pantalones).
La generalización de esta práctica
obliga a reflexionar seriamente y Nos pedimos a aquellos a quienes se dirige la
presente Notificación, que presten a los argumentos en ella vertidos, la
atención propia de quien es consciente de su responsabilidad ante Dios.
II.
Ante todo,
buscamos dar un equilibrado juicio moral sobre el uso de la vestimenta
masculina por parte de la mujer. De hecho, Nuestras consideraciones versan
sobre el aspecto moral de la cuestión.
El uso del pantalón masculino por parte de la mujer no
puede decirse –hoy en día, dado el corte de los vestidos femeninos– que
constituya DE SUYO UN GRAVE ATENTADO A LA MODESTIA. En cuanto a cubrir, los
pantalones cubren ciertamente más que las modernas polleras femeninas.
Pero no se trata sólo de cubrir, sino también del porte. Bajo este punto de vista, no sería exacto
decir que los pantalones no muestran más la forma que las polleras. En general,
aquéllos son más ajustados y este aspecto es un motivo de preocupación, tal vez
no menor que la misma exhibición del cuerpo. Se trata de un lado que no debe
descuidarse en un juicio completo, aunque tampoco deba ser exagerado.
II. Sin embargo, Nos parece que hay un
aspecto más grave del uso de los pantalones por parte de las mujeres.
La vestimenta masculina usada por las mujeres:
a) altera la psicología propia de la mujer;
b) tiende a viciar las relaciones entre la mujer y el hombre;
c) lesiona fácilmente la divinidad materna ante los hijos.
Estos puntos serán examinados en profundidad a
continuación.
a)Altera la psicología de la mujer
De hecho, el motivo que empuja a la mujer a usar
pantalones es siempre el de la imitación, así como la competencia con relación
a lo que es considerado más fuerte, más desenvuelto y más independiente. Este
motivo manifiesta claramente que la vestimenta masculina es la ayuda sensible
para actualizar un hábito mental para “ser como un hombre”. En segundo lugar,
desde que el mundo es mundo, la ropa exige, impone y condiciona gestos,
actitudes y conductas y desde lo externo llega a imponer una determinada
impostación psicológica.
No se excluya pues, que la vestimenta masculina usada
por la mujer esconda más o menos, una reacción contra su femineidad a la que
juzga como una inferioridad, y que es sólo diversidad. La iniquidad de la trama psicológica se
torna evidente.
Estas razones, que condensan otras, son suficientes
para advertir sobre la deformación de la mentalidad femenina hacia la cual
lleva el uso de ropa masculina.
b)Tiende
a viciar las relaciones entre el hombre y la mujer
En efecto, las relaciones entre el hombre y la mujer,
cuando el desarrollo de la edad alcanza la madurez adecuada, están
caracterizadas por un instinto de mutua atracción. Base esencial de la
atracción es la diversidad, que es la que posibilita la mutua
complementariedad. Si esta “diversidad” es menos evidente por la anulación de
uno de sus elementos externos reveladores, viéndose así afectada el clima
psicológica, se produce la alteración de un dato fundamental de la relación.
Pero no es sólo esto: a la atracción la precede,
natural y cronológicamente, el pudor, que frena, impone respeto, tiende a
elevar a un plano de estima y de saludable temor, mientras que el instinto impulsaría
a actos menos controlados. El cambio de vestimenta, que con su diversidad se
tornaba reveladora e incentivo del límite así como de la defensa, al aplanar las
distinciones, tiende a hacer caer la misma defensa del pudor.
Por lo menos la disminuye. Sin el freno del pudor, las
relaciones entre el hombre y la mujer se ven arrastradas hacia la mera
sensualidad, trasponiendo el respeto y la estima.
La experiencia dice que cuando la mujer se asimila al
hombre, las defensas se atenúan y la debilidad aumenta.
c)La
ropa masculina es lesiva de la dignidad materna frente a los hijos
Todos los hijos tienen instintivamente el sentido de
la dignidad y del decoro de la madre. El análisis de la crisis interna inicial
que atraviesa el niño al abrirse a la vida y aún antes de entrar en la
adolescencia, revela cuánto el sentido de la madre. Los niños son delicadísimos sobre este punto. Los
adultos, en general, olvidaron todo esto y perdieron el gusto por ello.
Sería bueno repensar las austeras exigencias instintivas que tienen los niños
con relación a su propia madre y las reacciones profundas y finalmente,
terribles, a las cuales dan lugar las constataciones poco satisfactorias sobre
el comportamiento de la madre. Muchas líneas del “después” quedan trazadas –y
de forma nefasta– en estas primeras vivencias de la infancia y la puericia.
El niño no conoce la definición de la
exhibición, de la ligereza y de la infidelidad, pero posee un sexto sentido
instintivo para intuir todas estas cosas, sufrirlas y que dejan rastros amargos
en su alma.
III. Piénsese bien en lo que significa
cuanto quedó expuesto, aun cuando la exhibición de la mujer en ropas masculinas
pueda no suscitar en el momento todas las turbulentas reacciones de la inmodestia grave.
La alteración de la psicología femenina causa un daño
fundamental y a largo plazo, irreparable, a la familia, la fidelidad conyugal,
la esfera afectiva y la convivencia humana.
Los efectos del uso de un vestido inoportuno no se ven
todos en plazo breve, es cierto.
Pero es necesario pensar en lo que lenta y
solapadamente, se debilita, se amengua, se corrompe.
¿Es posible pensar en una satisfactoria reciprocidad
en el ámbito conyugal, si se altera la psicología femenina?
¿Es posible pensar en una educación de los hijos,
delicadísima en sus procedimientos, tejida de imponderables en los que la
intuición de la madre y su instinto juegan un papel fundamental en los años más
tiernos? ¿Qué podrán dar estas mujeres, cuando hayan incorporado el pantalón lo
bastante como para sentirse en competencia con el marido y no en función de sí
mismas?
Porque desde que el mundo es mundo, o mejor dicho,
desde los primordios de la civilización, todos los hombres tendieron siempre a
adoptar vestimentas diferenciadas de acuerdo a las diferentes funciones
ejercidas. ¿No es acaso éste el testimonio severo de un consenso del género
humano y de su intuición de una verdad y una ley superiores a sí mismo?
En conclusión, el uso de los pantalones por las
mujeres, a la larga, constituye una fuerza disolvente del orden humano.
IV. La consecuencia lógica de cuanto fue
expuesto es la de suscitar en todos los responsables un verdadero estado de alarma, severo y decidido.
Nos dirigimos, pues, esta grave admonición a todos los
párrocos, a todos los sacerdotes y sobre todo a los confesores, a los asistentes de asociaciones
religiosas, a todos los religiosos, religiosas y especialmente a aquellos que
son educadores.
Los invitamos a tomar clara conciencia sobre este
tema, y ser consecuentes al respecto. Esta conciencia es lo que importa y la
que sugerirá la actitud a tomar en el momento oportuno. Pero que no nos
sometamos a la corriente como ante un hecho ineluctable, como ante una
evolución fisiológica de los hombres, etc.
El hombre podrá ir y venir, porque Dios le ha dejado
un gran “margen de oscilación”; pero las líneas sustanciales de la
naturaleza y las líneas no menos sustanciales
de la ley eterna jamás han cambiado, no cambian y no cambiarán. Existen
límites que se pueden franquear cuanto se quiera, pero cuya trasgresión acarrea
la muerte; hay límites que los espíritus llenos de vacías insuflaciones
filosóficas pueden menospreciar y escarnecer, sin tomarlos en serio, pero sus
violadores se estrellarán contra la conjunción de los hechos y de la
naturaleza. Y la historia
nos enseña con creces, con terrible evidencia en la vida de los pueblos, que la
trasgresión de las líneas maestras “humanas” acarrea siempre, antes o después,
catástrofes.
Desde Hegel y su dialéctica, nos han machacado que
todo esto no constituye más que puras fábulas, y a fuerza de escucharlo, muchos
han terminado por aceptarlo, aunque sólo sea pasivamente. Pero la verdad es que
la naturaleza y la verdad y con ellas, la Ley natural, continúan impertérritas en
su existencia y truncan los sueños/ arrollan a
de los ingenuos que creen,
sin pruebas, en grandes y radicales mutaciones de la propia naturaleza humana.
Las consecuencia de esta violación de la naturaleza no
es una nueva “línea de equilibrio”, sino los desórdenes, la inestabilidad dolorosa,
la espantosa aridez horrenda de las almas, el aumento pasmoso de los deshechos
de la humanidad, excluidos prematuramente de la convivencia social, esperando el
ocaso inmersos en el tedio, la tristeza y el desprecio. Bajo las ruinas de las normas eternas se alinean
las familias destruidas, las vidas aniquiladas, los hogares extinguidos, los
ancianos rechazados, los hijos degenerados y – finalmente – la desesperación y los
suicidios. Todo esto confirma que la “línea de Dios” resiste y no admite adaptaciones
a los delirios de los soñadores mal llamados filósofos.
V. Hemos dicho que aquellos a quienes se dirige la
presente notificación están invitados a tomar conciencia con alarma frente al
problema en objeto.
Por lo tanto, son éstos quienes
deben alertar, comenzando por las niñas desde el jardín maternal.
Son ellos quienes deberán limitar su
tolerancia, de modo habitual, sin caer sin embargo, en exageraciones o
fanatismos.
Jamás deberán tener la debilidad de
dejar creer que condescienden con el uso de una vestimenta degradante y que compromete toda la
moralidad de las instituciones.
Los sacerdotes saben que su línea de
conducta en el confesionario, sin llegar a considerar que de por sí el uso de los pantalones
constituye una falta grave, debe ser restricta y perentoria.
Todos deberán reflexionar en la
necesidad de una línea de conducta única, reforzada por todos los modos con la
cooperación de todas las buenas voluntades y de todas las mentes esclarecidas,
para la creación de un verdadero dique de resistencia.
Los que tienen cura de almas, al título que fuere,
comprenden cuán útil es conseguir en esta defensa aliados en el terreno del
arte, de la prensa, de la confección. La orientación de las casas de moda, de
sus inspiradores influyentes, de la industria del vestido, tiene en todo esto
una importancia determinante. La conjunción del sentido del arte, del
refinamiento y del buen gusto puede encontrar una solución conveniente, pero a
la vez digna, para la vestimenta de la mujer que debe trasladarse en moto o
dedicarse a determinados trabajos. Lo
importante es salvar, junto con la modestia, el sentido inmortal de la femineidad, en
particular aquélla que permita a todos los hijos seguir reconociendo el rostro
de la madre.
No negamos que la vida moderna plantea problemas y
exigencias distintas a las que tuvieron que enfrentar nuestros abuelos. Pero
afirmamos que hay valores que deben ser salvados, asaz más importantes que las
contingencias de la experiencia y que no por nada existen la inteligencia, el
sentido común y el buen gusto para resolver de modo aceptable y digno los
problemas que van surgiendo.
Es por un deber de caridad que combatimos el achatamiento del género humano, perpetrado
atentando contra las diferencias sobre las cuales se basa la complementariedad
de las funciones.
Cuando se ve una mujer en pantalones, no es en ella en
quien debemos pensar, sino en toda la humanidad, y en lo que se tornará cuando
las mujeres se hayan masculinizado completamente. Nadie tiene interés en promover para el futuro
una era en que imperen lo indefinido, lo equívoco, lo incompleto y – en
definitiva – lo monstruoso.
Esta Carta no está dirigida al
público, sino a los que tienen a su cargo las almas, la educación, la vida
asociativa católica. Cumplan con su deber y no sean vigías adormecidos ante la
infiltración del mal.
Génova, 12 de junio de 1960
Giuseppe, Card. Siri -Arzobispo de Génova.
Contrapunto
A propósito de un punto importante pero restringido
–el uso de pantalones por las mujeres– el Cardenal Siri nos introduce en un
problema de orden más general, la modestia cristiana; debemos estarle
agradecidos por haber dado esta amplitud de visión a su Advertencia. En efecto, no se contenta con señalar que el uso de
los pantalones es una ofensa a Dios, quien exige una vestimenta adecuada;
también demuestra que constituye una grave desviación.
La mentalidad
moderna, expresada y sustentada en la ropa masculina, tiende a hacer desertar a
la mujer del gran e irreemplazable papel
que Dios le confió: educar el corazón de los hijos, establecer la santidad de
las costumbres cristianas y conservar a toda la familia en la virtud de la
pureza – substrato necesario de todas las otras virtudes cristianas y de la
salvación eterna. Mientras que los niños y los adultos se pierden porque
reciben escorpiones en vez del pan que sólo una madre irreprochable puede
darles, la mujer liberada queda reducida a usurpar el papel correspondiente a
los hombres, en el que sólo encuentra un estúpido orgullo y una profunda
inadaptación. La modestia pide que cada uno permanezca en su lugar y allí
cumpla santamente la vocación propia recibida de Dios nuestro Creador, nuestro
Redentor y nuestro último fin.
La modestia,
considerada en toda su amplitud, es una pieza vital de la vida cristiana. Está
incluida entre los doce frutos del Espíritu Santo enumerados por San Pablo:
“El fruto del Espíritu Santo es la
caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la
longanimidad, la dulzura, la fe, la
modestia, la continencia, la castidad” (Gal. V, 22).
La modestia se relaciona con la virtud de la
templanza, de la cual es una disposición y una prolongación; su papel propio es
el de regular ciertas pasiones sensibles y moderar sus manifestaciones
exteriores. El oficio de la modestia es pues irreemplazable; consiste en
quedarse en la periferia de la virtud de la templanza para acabar su obra y
edificar a su alrededor una muralla necesaria para la salvaguardia de la misma templanza
y de otras numerosas virtudes.
El lenguaje habitual retuvo tres aspectos de la
modestia:
– un aspecto relativo a la virtud de
la CASTIDAD – modestia en el
porte y en el vestido, la mirada y el lenguaje;
– un aspecto relativo a la virtud de
la HUMILDAD – modestia en las
palabras (en su objeto, en el tono del discurso, en la facilidad para tomar la
palabra y hablar de sí mismo) y de las actitudes, modestia en las ambiciones
humanas y en los proyectos terrestres;
–
un aspecto relativo a la virtud de la POBREZA
– modestia del tren de
vida, en el disfrute de los bienes materiales y en el aspecto exterior.
En estos tres aspectos, encontramos fácilmente las
virtudes que se oponen directamente a las tres concupiscencias de las que habla
San Juan, esas tres heridas por las que la corrupción amenaza, sin tregua,
penetrar en el alma e instalarse allí: “Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de
la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida” (I Juan, 2, 16).
La modestia es, pues, una muralla, la muralla necesaria
contra el mal en el que está sumergido el mundo, como dice también San
Juan: Mundus totus in maligno positus est
(Ibid. 5, 19). Sin la modestia, no
puede haber ni virtud sólida, ni vida cristiana estable: suprímanla, y nuestras
tres concupiscencias se convierten inmediatamente en llagas sin protección, a
través de las cuales el alma es tan vulnerable que caerá casi necesariamente.
Fue esta triple muralla la que opuso
Nuestro Señor al demonio que lo tentaba en el desierto después de su ayuno de
cuarenta días, mostrándonos así que la modestia vence todas las tentaciones, preserva de todo peligro y nos
torna invencibles1.
Es más que
evidente que esta modestia se perdió, incluso entre quienes hacen profesión de
seguir a Jesucristo y de defender la fe y la tradición católicas: basta con
escuchar a nuestros cristianos de hablar tan poco pulido, tan fáciles para la broma dudosa,
tan prontos para la jactancia; basta verlos dejar que sus ojos se arrastren por
todos lados o tan fácilmente desliñados; basta ver a nuestras cristianas con las rodillas al aire
o en pantalones, con la cabeza descubierta en la iglesia o pintarrajeadas como
indígenas preparados para la batalla. Es muy triste constatar tan poca atención
a la presencia del Espíritu Santo en su alma y en la del prójimo, y constatar
también el olvido de nuestra vocación de vivir en la intimidad de Dios tres
veces santo e infinitamente puro.
En esta derrota de la modestia, las
responsabilidades son graves y múltiples. Los predicadores y confesores dejaron
de recordar y exigir los requerimientos del Evangelio; los padres dejaron de
enseñar; los jefes de familia, de gobernar su hogar. Las almas se convirtieron a
Jesucristo, la cristiandad se esparció gracias al coraje y la caridad ardiente
de los Padres Misioneros; a la
inversa, la cristiandad se
hunde, las almas abandonan a Jesucristo a causa de la cobardía y la tibieza
lamentable de los padres dimisionarios (a veces muy
exigentes con sus futilidades o manías), que ya no quieren o no se atreven a
hacer reinar en sus familias la modestia cristiana, protección
indispensable para que Jesucristo sea honrado en todo y por todos.
Señor censor, ¡ya no estamos en 1960! ... Es cierto; pero esta constatación banal
no quita nada a las razones expuestas por el Cardenal Siri. La generalización
del uso de los pantalones y el imperio de la inmodestia no hicieron que las
exigencias de la vida cristiana se convirtieran en algo caduco. Al contrario,
esto hizo entrar en liza un elemento nuevo, más glorioso o más grave: vestirse modestamente no es ya
sólo una protección de la virtud, se convirtió en un verdadero testimonio de adhesión
a Jesucristo.
Muchas de las mujeres y jóvenes que adoptan
(completamente o a medias) las modas indumentarias contemporáneas tranquilizan
su conciencia diciéndose que no lo hacen por sensualidad ni para asimilarse a
los hombres, y que esto no les impide ocupar dignamente su puesto en la
familia. Se olvidan de que
no pueden conocer ni dominar la turbación de sus hijos y de su prójimo, pero
pasemos de largo … Actúan así para fundirse en la multitud, para no ser
señaladas con el dedo ni objeto de burlas; lo hacen para escapar de un
testimonio que les cuesta, lo hacen por vergüenza de la virtud que profesan: “¡No quiero vestirme como una
monja!”, oímos decir a veces a estas personas divididas, sin coraje para
enfrentar la mirada de su prójimo. Y sin embargo, ¡si supieran cómo las
respetarían y honrarían aquéllos cuyo juicio temen, si se vistieran con modestia!
Sobre todo, podrían repetir con una dulce alegría que están excluidas de la
desaprobación de Jesucristo:
“Porque aquél que se avergüence de
Mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también
el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de Su Padre
acompañado de los santos ángeles” (Mc. 8, 38).
Si la desaparición de la modestia
anuncia la muerte de las costumbres cristianas –como nos lo recuerda
vigorosamente el Cardenal Siri– en cambio, el culto de la modestia trae aparejado una cantidad
incalculable de bienes. Así lo atestigua San Bernardo:
“La modestia es la perla de las costumbres, la vara de la disciplina, la
hermana de la continencia, la lámpara del alma casta; hace desaparecer el mal,
propaga la pureza; es la gloria especial de la conciencia, la guardiana de la
reputación, el honor de la vida, la sede de la fuerza, las primicias de la
virtud, lo más loable de la naturaleza, y el ornamento de todo lo que es
honesto” (S. LXXXVI,
in Canticum Canticorum).
El Padre Emmanuel du Mesnil-Saint-Loup, vuelto a Dios
exactamente un siglo atrás, probó a través de la conversión admirable, profunda
y duradera de su parroquia, la verdad y la eficacia de la enseñanza contenida
en las páginas que acabamos de leer. Dejémosle la última palabra:
“Existe
una relación entre el lujo y la lujuria. Donde entra la vanidad, la piedad se
va. La crisis de la vanidad en una mujer es decisiva; si la supera
exitosamente, significa su salvación. Los hombres no podrían, en general, ser
castos, si las mujeres en general no son modestas. Es una necesidad poder
distinguir a las cristianas de las mundanas y ¿cómo distinguirlas si no es por
su modestia? La modestia es una de las marcas de la presencia del Espíritu
Santo en un alma. La renuncia a la vanidad y a las vanidades hace parte integrante
de las promesas del bautismo”.
En la fiesta de Santa Bernardi - 16 de abril de 2003
André Siasom
1 No se debe olvidar una cuarta función de la
modestia, función que los antiguos enseñaban (Santo Tomás se refiere a Cicerón
en la materia), función relativa a la virtud de estudiosidad. El objeto de esta
virtud es regular el apetito de conocimiento del hombre, regular el estudio para moderarlo o
estimularlo, y sobre todo, para aplicarlo correctamente. La curiosidad hace que
nos interesemos en mil cosas inútiles (cuando no son malas o no ponen en
nuestro corazón una ambición irrazonable) y al mismo tiempo, dejemos de lado el
estudio del saber relativo a nuestro deber de estado –ya sea del deber de
estado de bautizado y confirmado, de padre o de madre, de esposo o esposa, de
sacerdote o consagrado a Dios, o bien del deber de estado profesional. En este
sentido, la modestia es muy desconocida, porque somos una mezcla extraña de
profunda pereza intelectual y de curiosidad insaciable.
NB: Lo resaltado es del autor.
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MI COMENTARIO:
Voy a agregar mi experiencia con respecto al uso del pantalón por la mujer.
Estas indicaciones del Cardenal Siri se emitieron en Italia en 1960. En Argentina las mujeres aún conservábamos las polleras; en ciertas ocasiones usábamos el pantalón, como ser días muy fríos, una salida al campo; montar a caballo, como un atuendo especial para alguna fiesta, pero nunca con la retorcida intención de convertirnos en mitad mujer,miad hombre; no tenían bragueta; sólo un cierre al costado o en la espalda; nada ajustados, al contrario más bien sueltos, amplios.
En los comienzos del 70
empezó la campaña sionista del ¡SEXO ÚNICO!
Es decir que era el primer peldaño a la Campaña de la Teoría del Género. Las más
avispadas exclamamos ¡¿cómo esto?,! SEXOS SON DOS; NI UNO NI TRES!. Así fueron
introduciendo, sexo único en las peluquerías, y piano piano imponiendo el “dar
vuelta todo” y las mujeres cayeron, como Hensel y Gretel en la bolsa de los
brujos: les hicieron creer que tenían
que demostrar que eran igual o mejor que los hombres e impusieronles el
pantalón para afirmar esa igualdad; ¿y la superioridad? Es decir la mujer virilizada; el hombre afeminado.
Repito lo afirmado por el Cardenal Siri en la primera parte de esta advenrtenccia:
" ¿Es posible pensar en una educación de los hijos, delicadísima en sus procedimientos, tejida de imponderables en los que la intuición de la madre y su instinto juegan un papel fundamental en los años más tiernos? ¿Qué podrán dar estas mujeres, cuando hayan incorporado el pantalón lo bastante como para sentirse en competencia con el marido y no en función de sí mismas?"
Y “Que la mujer no use vestimenta masculina, ni el hombre vestimenta de mujer: porque quien así actúa es abominable ante Dios” (Deum. XXII, 5).
Esta enseñanza la recibimos en nuestras clases de Religión; guiados por nuestros padres y en un consenso social. Los verdaderos católicos, fieles a la Iglesia que fundó Nuestro Señor mantenemos la costumbre de la pollera, obedecemos los principios que nos han enseñado desde niños. Estamos conformes y a gusto sin cambiar en la vejez.
En estos tiempos crucilales debemos considerar que la pollera es NUESTRA PROFESIÓN Y CONFESIÓN DE FE. ES NUESTRO HÁBITO .
ES INADMISIBLE ESTAR BIEN CON DIOS Y CON EL DIABLO.
LO MISMO en LO QUE SE REFIERE A: LA MUJER: DEBE CUBRIR SU CABEZA EN LA IGLESIA, sea durante la misa, bautismo, casamiento, aún visitándola para rezar; en toda procesión, o como turista: EL HOMBRE por el contrario debe asistir a todos los eventos con la cabeza descubierta; el traje normal con corbata o sin esta pero respetuosamente vestido.
°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°Giuseppe Siri (Génova, 20 de mayo de 1906 – Génova, 2 de mayo de 1989) fue un cardenal y teólogo italiano, arzobispo de Génova por más de cuarenta años que se destacó por su firme carácter conservador.
Primeros años y formación
De origen humilde, Giuseppe Siri nació en Génova, hijo de Nicolò Siri y Giulia Bellavista. Giuseppe entró al Seminario Menor de Génova el 16 de octubre de 1916, y estuvo en el seminario mayor desde 1917 a 1926.
Al salir del seminario, estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma, graduándose en 1929 con un Doctorado en Teología, que recibió la calificación summa cum laude.34
Sacerdocio
Fue ordenado sacerdote por el arzobispo Carlo Minoretti el 22 de septiembre de 1928.15
De regreso en Génova fue capellán hasta 1930, cuando comenzó a dictar clases de Teología Dogmática en el Seminario Mayor de Génova, también enseñó Teología Fundamental durante un año. Además de sus deberes académicos, Siri era predicador, conferencista, y profesor de religión en el "Liceo Andrea Doria y Giuseppe Mazzini" desde 1931 hasta 1936. En 1937 fue rector del "Colegio Teológico de Santo Tomás de Aquino".
Cardenalato
Fue elevado a Cardenal presbítero de Santa María de la Victoria por el papa Pío XII en el consistorio del 12 d enero de 1953. En el momento de su proclamación, era el miembro más joven del Colegio Cardenalicio y se hizo conocido como el "Cardenal Minestrone" por su labor de voluntariado en comedores populares.
Con la convocatoria al Concilio Vaticano II, Siri fue desde 1960 miembro de la Comisión Preparatoria Central, y fue también parte de la subcomisión de enmiendas en 1961
Cónclave de 1963
La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso para el catolicismo una difícil coyuntura. La muerte del papa Juan XXIII el 3 de junio de 1963 hizo que el cónclave de ese año estuviera marcado por la preocupación general por la continuidad de las sesiones del concilio, aún en curso. Los cardenales pro-conciliares querían a un sucesor que continuara con la tarea reformista, mientras que los prelados anti-conciliares querían un pontífice que concluyera rápidamente el concilio
Ante este contexto de rivalidad entre conservadores y progresistas, Giovanni Montini era un firme candidato de los progresistas, convencidos de que continuaría con la obra del difunto Juan XXIII.. Por los conservadores, Siri prefirió mantenerse al margen, por lo que el candidato de los tradicionalistas fue el cardenal Ildebrando Antoniutti. Se comentó en algunos medios que Siri apoyaba la idea de finalizar el concilio pero los obispos querían continuar con la tarea reformista. El cardenal elegido, luego de tres días de votaciones, fue Montini, que decidió llamarse Pablo VI.
Fallecimiento
En abril de 1989 cayó enfermo aquejado de molestias en el corazón y problemas circulatorios. El 2 de mayo de ese mismo año, a los 82 años de edad, murió en su retiro de Villa Campostano. El solemne funeral tuvo lugar el 5 de mayo en la catedral de San Lorenzo, donde están sepultados sus restos.
(Wikipedia)
La Tesis Siri y la controversial perspectiva Sedeimpedista
La Tesis
Siri y la controversial perspectiva sedeimpedista es un ensayo breve del escritor e historiador José Antonio
Bielsa Arbiol, publicado en abril de 2020 por Adáraga (como
Número 1 de su revista en papel), que expone las claves de la denominada "Tesis
Siri".
El opúsculo
cuenta con la colaboración del periodista Enrique de Diego y del jurista Ramiro Grau Morancho[1], siendo el primer estudio publicado
en lengua española que aborda monográficamente esta cuestión. "9 de
octubre de 1958: el Papa Pío XII muere inesperadamente. Urge
elegir un sucesor. El Cónclave es puesto en marcha. La tarde del 26 de octubre
de 1958, y desde las 17:55 horas, la chimenea de la Capilla Sixtina comienza a
emanar la inconfundible fumata blanca: un Papa ha sido electo. Pero el nuevo
Papa no se asomará al balcón, y a las 18:00 horas el humo mudará
misteriosamente a negro. Es en estos cinco minutos cruciales cuando se va a
perpetrar el mayor golpe de timón de la historia de la Iglesia moderna. Dos
días después, el humo blanco vuelve a salir de nuevo por la chimenea de la
Capilla Sixtina, y Angelo Giuseppe Roncalli aparece ante los ojos del mundo
para convertirse en el Papa Juan XXIII. Lo que la historia oficial ha intentado
omitir hasta hoy es que uno de los papables, Giuseppe Siri, a la sazón
arzobispo de Génova y favorito del difunto Pío XII, habría sido electo Papa
aquella extraña tarde de octubre con el nombre de Gregorio XVII. (Metapedia)
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TESTIMONIO DE NUESTO DIARIO LA NACIÓN, Buenos Aires, SOBRE EL DESARROLLO DEL CÓNCLAVE DE OCTUBRE DE 1958, PARA ELEGIR SUCESOR DE S.S. PÍO XII




















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